EL CASO URIBURU (SERIAL 2)

caballo

Tardé algunos minutos en caer, casi estaba llegando a mi departamento cuando me di cuenta que la dirección anotada en la foto era la del hipódromo de San Isidro. Lugar que solía frecuentar los fines de semana y también algún día laborable. Era viernes a la noche, pero estaba cansado y el sábado era día de carreras, así que me tomé la habitual copita de jerez y me fui a dormir. No sólo era día de carreras, comenzaba mi primera investigación periodística seria.

Podría haber bajado del tren en la estación San Isidro y hubiera estado a solo unos pasos del hipódromo, pero la tarde estaba linda para caminar. Descendí en Acasuso y me dediqué a pensar durante el recorrido a pie. Atravesando frondosas arboledas y señoriales mansiones con amplios jardines verdes, me iba acercando y meditando sobre lo ocurrido y lo por ocurrir. Que significaba esa dirección en el revés de la foto?, un indicio?, una pista falsa?. Lo cierto es que no iba a ser un día perdido, tenía una fija para la cuarta carrera. Oscar Brussone el especialista en hípica de La Gaceta me había pasado el dato de un tapado, llamado “Summer storm”. Con el que podía hacer una buena diferencia sin un gran gasto.

Pronto estaba frente al gran portal del hipódromo, donde mostré la credencial de prensa y me disponía a atravesar el portón, tras el cual uno se choca con algunos escalones, gatos que te miran con mala cara por interrumpir su paz y la glamorosa entrada de unos cien o ciento veinte metros. Alguien me toca con fuerza e insistencia el hombro derecho, me doy vuelta y trato de apretarle el cuello con mi mano izquierda, pero cuando me doy cuenta estoy en el suelo completamente inmovilizado y escucho una voz ronca que me dice:

“Que te pasa vo, no me conoces más Bruguera?”

Era el gallo, un laburante de Montevideo que hacía lo que podía en Buenos Aires. Habitué de los caballos y de los periodistas, conseguía con eficacia datos, fijas y artes varias. No sé por qué se había encariñado conmigo y éramos un poco amigotes. “soltame gallo, la puta que te pario, me asustaste”, fue lo primero que me salió. Cuando me incorporé llegué a oler su perfume de varios días sin rozar gota de agua y a ver su camiseta de peñarol gastada pero impecable. Me retuvo unos minutos hablándome de fútbol uruguayo, sobretodo de Alcides Ghiggia, ídolo manya que había convertido un gol en la final del mundial del 50 frente a Brasil y ahora era parte de la delantera campeona del fútbol charrúa. Logré sacármelo de encima y apresuré el paso hacia las boleterías, no me quería perder la cuarta carrera.

Jugué “Summer storm”  a la cabeza y subí rápidamente los escalones hacia la tribuna popular que es más entretenida que el café, el restaurante o la sala de prensa. La popular se puebla de personajes queribles y no tanto, pero personajes al fin. Todos se agrupaban frente a la pista, por eso quise tomar un poco de distancia y me quedé cerca de las escalinatas que dan al gran pasillo de entrada, donde corría un poco más de aire. Me calentaba la boca con un cafecito cortado con un chorrito de coñac, otro de los atractivos de la popular, cuando sonó por fin la chicharra inicial y los caballos comenzaron su galope hacia la meta. Dantesco espectáculo de poder equino se manifestaba ante mis ojos, diría alguna crónica de Brussone en La Gaceta.

Una silenciosa y nerviosa calma se vive en los primeros metros, los ojos eyectados del jugador compulsivo que vive cada carrera como su última oportunidad y pese a las desilusiones cotidianas vuelve cada día con renovadas esperanzas.  Escuché a dos ancianos hablando sobre las posibilidades de mi pollo y el resto de los competidores. “Vinagreta” era el favorito, seguido de cerca por “cuchillo desafilado” y “Poseidón”, “summer…” era el tapado y casi sin posibilidades se presentaban una vieja gloria “Cross century” y un novato “gringo loco”. De entrada la carrera se planteó como una pelea entre vinagreta y Poseidón que tomaron la punta y dejaron relegados al resto de los competidores. Alivio para quienes buscaban lo seguro y desencanto para los que querían un batacazo de los que ostentaban menos posibilidades. Pero poco a poco esto se fue revirtiendo y hacia el final de la carrera eran gringo loco y summer storm quienes dominaban, seguidos de cerca por vinagreta y Poseidón mientras que cross century y cuchillo desafilado se disputaban el último lugar. En la última curva mi caballo había tomado un poco de ventaja, pero aún faltaba el sprint final. La popular ruge, todos gritan, es un ruido ensordecedor como una sirena de bomberos en el oído. Me tomé otro café con coñac de un solo trago, y fue como una maldición porque gringo loco dejó de ser novato para ganar su primera carrera sacándole una cabeza a summer storm en el sprint final, casi, casi en el último metro.

Escucho el “cruzaron el disco” del locutor luego de que todos callaran y ni siquiera alcancé a maldecir cuando otro ruido casi ensordecedor sonó a menos de metro y medio de distancia, pero esta vez era un ruido seco, proseguido por un olor a pólvora que se impregnaba en mis pulmones. Todos se quedaron estupefactos y estúpidamente quietos, hasta que alguien rompió el silencio con un “llamen a un doctor”, y como yo no era doctor, comencé a correr tras un hombre vestido de negro que subía las escaleras en busca de la salida. Intenté alcanzarlo pero el rufián hizo un sprint parecido al de “gringo loco” y cuando se cerraron las puertas del hipódromo logró escapar por un costado que estaba en construcción y dejaba unos cinco metros libres, un guardia quiso atraparlo pero le atinó un golpe con el codo en el pecho y siguió su camino como si nada. Yo lo perseguía a unos veinte metros de distancia, tenía esperanzas de atraparlo viendo que el camino era largo, interminable en el horizonte. Cuando empezaba a cansarme siento que alguien me agarra del saco y me tira contra los alambres sin posibilidad de seguir la persecución. Una bala roza mi oreja derecha mientras estoy en el suelo, veo una pelada conocida y puteo, “otra vez vos gallo?, la puta madre”, a lo que me responde “sí, pelotudo, te salve la vida, que más querés?”.    Intento pararme con dificultad y el individuo sube a un auto, ya no tenía ánimos de correr,  pero el coche pasa por al lado nuestro y nos tira una caja de fósforos a los pies. La guardo rápido en el bolsillo del saco y le pido al gallo que me acompañe otra vez hasta la tribuna donde había ocurrido el disparo.

El hombre de unos treinta y cinco años todavía se encontraba tendido en el suelo con un disparo en la espalda y la sangre a su alrededor, estaba muerto. Reconocí su rostro, lo había visto alguna vez junto a Tomás Uriburu en sus competencias de esgrima. Observé la escena incrédulo y todavía shokeado, habían matado a un tipo a unos metros de distancia, y encima me veía involucrado. Sentí que me habían tirado el muerto y me tenía que hacer cargo. Mientras meditaba torpemente y trataba de llegar a alguna conclusión, se hacía presente el inspector Linares. No quería tener nada que ver con la policía así que me camuflé entre la gente y fui desapareciendo, le dije al gallo que me acompañara y salimos rumbo a algún café de Buenos Aires, para tratar de unir piezas y jugar al investigador.

Ahora no sólo había un secuestrado sino también un asesinato, y ningún indicio cierto de quién podría estar cometiéndolos. Venganza o dinero eran las hipótesis más probables, pero ninguna tenía rostro humano. El café estaba caliente, hirviendo como un caldero, sentí cada gota que pasaba por mi garganta quemándome vivo y me abalancé sobre el pequeño vaso de soda como si fuera el último de la tierra. Ya aliviado, el gallo esboza una sonrisa socarrona, me mira y me pide fuego, con dificultad saco una cajilla de cigarrillos, apenas veo un papel escrito. Simulé no tener más cerillas y metí mi mano en el otro bolsillo. Cuando el uruguayo estaba distraído pude leer el papel que decía “olivos cricket club, 28 de Mayo”. Todavía faltaba una semana para eso, lo que me daba tiempo para unir piezas, e inventar alguna teoría alocada que me permitiera entregar algún material al diario.

EL CASO URIBURU (SERIAL 1)

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“Era capaz de matar a su madre a puñaladas por un poco de atención” me dijo la señora Rasbusen y agregó “tenía tan sólo siete años”. Esas fueron las palabras que más me sorprendieron mientras ordenaba mis papeles en el bar. Ese chico malcriado e hiperquinético se había convertido, años más tarde, en uno de los mejores practicantes de esgrima y a los 17 era un maestro del florete. Sus ocupaciones y aficiones, entre ellas las matemáticas y el ajedrez, requerían toda la atención que el reclamaba en la niñez. Algo había ocurrido, no era sólo el paso de la niñez a la adolescencia; algo lo había golpeado con dureza.  Pero eso ya no importaba, su desaparición ocupaba la primera plana de todos los tabloides de la capital. Incluso “La Gaceta” periódico de baja tirada donde yo estaba haciendo mis primeros pasos en el oficio a mediados de los 50s.

En aquellos años nadie ganaba fortunas en el periodismo, en realidad era un trabajo muy mal visto, que sólo ejercían escritores frustrados, acomodados y toda clase de aprovechadores con pocos escrúpulos. Pero uno se podía ganar la vida y mantener los vicios (cigarrillos, alcohol, caballos) y eso ya era bastante. “La gaceta” había aumentado su tirada los últimos días gracias al caso del joven Tomás Uriburu, ya que era uno de los pocos medios donde su familia no podía demostrar su poder. Su dueño José Azcangallo mantenía una vieja inquina con los Uriburu y estaba dispuesto a ir hasta las últimas consecuencias en este caso. Por eso gran parte de los redactores del diario estábamos abocados a ello, incluso los de deportes como yo.

Azcangallo nunca me había hablado, pero ese día se paró a un metro de mi máquina de escribir y con autoridad me ordenó: “Usted Bruguera, Diego no? (asentí con la cabeza), usted me puede venir bien. Deje de pavear con tanto deporte y póngase a trabajar, investigue, tráigame algo que valga la pena”. Sin más rodeos se dio vuelta y volvió a su oficina. No sólo me había tratado de idiota frente a todo el diario, sino que lo había hecho con total impunidad, impunidad de patrón de estancia.

Conocí a Tomás algunos meses atrás, cuando lo entrevisté  luego de  que obtuviera la medalla de plata en los panamericanos; después de eso sólo cruzamos unas palabras en contadas ocasiones. Tenía buena presencia, era callado y con aire soberbio, como si ya supiera cada palabra de lo que los otros iban a decir. Suspiraba aburrido en los reportajes y siempre tenía prisa. Sólo hacía excepciones si se trataba de chicas, para ellas siempre tenía tiempo y atención.

Esa noche, revolviendo entre los archivos del caso que había en el diario, encontré una foto del equipo nacional de esgrima con una dirección anotada en el reverso. Esto ya se parecía demasiado a una novela barata y de mala calidad, anoté la dirección en mi agenda y con el último fósforo prendí un cigarrillo y me senté a pensar que sucedía luego en las novelas baratas, a las cuales (debo confesar) yo era aficionado.

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